Recuerdo que desde muy pequeña quería ser otra persona. Esto empezó probablemente entre 6 y 7 años. Me miraba al espejo, y quería que mis ojos y cabello fueran claros, mi piel un poco más blanca, más delgada, más alta, más callada, más todo lo que yo no era.
También me comparaba con otras niñas. En mi cabeza todos los demás tenían algo mejor que yo.
Desde muy temprano, el estilo de crianza de la época, el tipo de vinculación que se establecía entre padres e hijos y las falsas promesas de felicidad que nos propone nuestra sociedad de consumo, me dejaron un mensaje claro: un sentimiento de vergüenza que me convencería desde muy pronto, que no estaba bien ser quien yo era.
La falta de aceptación de ser quien yo era, afectó la estima de mi misma mientras me hacía mayor.
Las creencias negativas sobre mi misma, la manera de vivirme y sentirme en mi piel y en mi cuerpo, se reflejaban en la forma en la que me relacionaba conmigo y con los demás. La capacidad de fijar límites internos y externos, el autocuidado, el discurso sobre mi misma estaban completamente distorsionados.
Podía ser la persona más complaciente, ser muy amable o acoger al que me agredía, quedarme callada frente a una invasión de límites o falta de respeto. Era incapaz de decir NO, a mi misma y a los demás.
Decir “no” significaba la posibilidad de que el otro me desapruebe, piense mal de mi y me abandone. La complacencia fue el hilo conductor de todas mis relaciones conmigo misma y con los demás.
Como había desarrollado pobremente la estima de mi misma, para yo sentirme valiosa, era necesario que otros me reconozcan. Esto marcó la montaña rusa emocional de todas mis relaciones.
Entregué a los demás el poder de definir quien yo era y cuanto yo valía. Los demás eran responsables de mis sentimientos. Si había validación externa, podía (por un tiempo fugaz) pensar que yo valía, y si no era reconocida, entonces era la prueba de que yo no era suficiente.
Por otro lado, el tipo de amigos y parejas que yo elegía, perpetuaba mi idea de que yo no era suficiente. Todo lo que yo creía de mi misma, se manifestaba en la realidad que yo me creaba. Reproducía en el exterior, con mis relaciones cercanas, todo aquello que pensaba de mí.
La vida y Dios tienen formas muy extrañas de empujarnos a la luz, y de regresarnos al amor, muchas veces atravesando un profundo dolor.
Pero nosotros tenemos que combatir la resistencia. La resistencia de abandonar la idea de quienes éramos, las creencias equivocadas que nos hemos hecho de nosotros mismos y de los demás. Aprender a confiar y abrirnos a la guía (libros, personas, charlas, conversaciones, etc.) que se nos va poniendo a medida que avanzamos en el proceso. Y si, nuestro enemigo mayor es la resistencia.
En diferentes etapas de mi vida, las situaciones fueron abriendo mi conciencia para eliminar conductas de auto daño: comida, relaciones tóxicas, impulsividad, vida frenética, aislamiento, discurso mental autodestructivo, intensidad, desbalance de roles y áreas de mi vida, etc.
En cada proceso, despertaba un poco, y luego me quedaba en el mismo sitio. Durante muchos años, seguí responsabilizando a los demás de mis emociones y de mi valor, hasta que me tocó vivir lo que yo llamé “la gran crisis”. (Hablaré de ello en otro artículo).
Y tuve que enmendar y reconocer que me había equivocado. Enmendar primero conmigo misma y después con los demás. Hablar a mi niña interior, esta que coloco en la foto, diciéndole que yo la amaba, que estaba bien ser quien era y que a partir de ahora yo la iba a cuidar. Fue el ejercicio que me puso la persona que me acompaña, en los últimos años, en mi proceso.
Aunque me parecía imposible o ridículo crear una relación con mi niña interior, me dejé llevar. Pegué esta foto en el espejo de mi baño y cada día le decía algo. Toda la responsabilidad que había colocado en los demás para sentirme bien con respecto a mi misma, empecé a tomarla yo. Yo era responsable de sentirme bien conmigo. El dolor me convenció que nadie podría hacer esto por mi.
Y así continuo hoy mi travesía. Agregué una relación cercana con mi Poder Superior, Dios. Y cada día El se encarga de hablarme, en el silencio, o a través de textos, personas, reflexiones, o ideas que pone en mi corazón, para seguir creciendo, despertando y amándome.
Mi parte es estar dispuesta. Reconocer que no me funcionó la vida a mi manera y confiar que El sigue llevando las riendas de mi vida.
Isabella Paz
